Podria parlar dels canvis que s'han produit al govern, a favor o en contra, ficar-me amb la Cope o amb l'Església, fer-vos unes quantes moxaines o repetir per enèssima vegada la descripció exacta de l'estat del meu mar...però no. Avui viuré de renda. Aquest escrit el vaig enviar ja fa un parell d'anys a una colla d'amics internautes, així doncs, és un record meu de veritat, però no l'he escrit pas avui. Em va servir, també, com a inspiració per, degudament arreglat i posat al dia, fer un dels articles del diari l'any 2004. I és en castellà. Aquí us deixo, doncs, un record.
Podría hablar de los cambios que se han producido en el gobierno, a favor o en contra, podría meterme a saco con la Cope o con la Iglesia, regalaros unas cuantas carantoñas o repetir por enésima vez la descripción exacta del estado de mi mar... pero no. Hoy viviré de renta. Este escrito lo envié hace un par de años a un grupo de amigos internautas, así pues, es un recuerdo mío de verdad. Lo utilicé, también como fuente de inspiración, para, debidamente puesto al día, escribir un artículo en el periódico, en el 2004. Aquí os dejo, pues, un recuerdo.
Domingo de Ramos
Agarré la palma como quien agarra una escoba.
Mi mamá, cuidadosamente, la recompuso en mis manos.
"Ponte derecha", ¿a ver? sí, eso es. Estás guapísima.
Miré a mi mamá con ojitos de odio mientras, de reojo,
envidiaba el enorme palmón de Jaume, mi vecinito y primer amor de mi vida.
Probablemente Freud habría tenido algo que decir al respecto.
Yo puedo asegurar que la envidia era única y exclusivamente de palmón y no de otra cosa.
Mi madrina siempre compraba la mejor palma, y si no era la mejor, por lo menos le costaba sus buenos dineros y se los gastaba, orgullosa, porque yo era su ahijada preferida, más que nada porque no tenía otra.
Y además, para que yo viera cuánto me quería, mi madrina, en un alarde de generosidad, llenaba mi palma de rosarios de azúcar blanco y rosado y le colgaba golosinas de chocolate envueltas en papel de plata de colorines, cual árbol de Navidad quasi-pascual.
Mamá no me quitaba ojo de encima y yo no quitaba ojo del palmón de Jaume.
La bendición era “hora importante”. Te sentías embutida en un vestidito primaveral, con un frío que hacía que cortaba el cutis, pero daba igual. El Domingo de Ramos se estrenaba primavera, porque entonces no había Corte Inglés. En un momento dado toda la gente agitaba palmas, palmones y laureles, porque las personas mayores llevaban ramos de laurel que después colgaban en la fachada de casa, junto a la palma bendecida, que había estado, no obstante, hasta la Pascua, haciendo compañía a las otras palmas y palmones de la vecindad, en una de las capillitas de la iglesia, junto a las velitas que encendían las beatas para que Jesús se sintiera acompañado en su Pasión. Exactamente en la Capilla del Santísimo.
Entonces sólo conocíamos Jaume y yo el vocablo Pasión relacionándolo con torturas y muerte. Más adelante descubriríamos, pero ya no juntos, otras acepciones mucho más apasionadas, valga la redundancia, de esta palabra.
En el momento en que el sacerdote alzaba la mano para bendecir - evento que yo nunca veía porque yo quedaba a la altura de las rodillas de los mayores- pero que me radiaban mamá, o papá, o la abuela, quizá la madrina- todas las personas congregadas en la plaza se volvían locas. Los palmones eran machacados vilmente contra el suelo, produciendo un envidiable ruido, para nada comparable al amariconado ruidito de agitar las palmas convulsivamente teniendo cuidado de no despeinarse y de que las trenzas y adornos golosineros de la palma se mantuvieran en su sitio. Y es que a las mujeres siempre se nos reservaba lo más difícil, caramba... con lo a gusto que habría meneado yo el palmón de Jaume (no me sean malos, que no va por ahí) además, yo era muy chiquita y aún no entendía de pasiones, como ya hemos aclarado.
Después venía la misa. Me costaba trabajo atender al sacerdote y a la palma sucesivamente y de vez en cuando, un manotazo de mamá acababa con el deseo compulsivo de comerme las cuentas del rosario. Nunca entendí para qué me lo ponían allí, al alcance de mis labios golosos, si luego no se podía tocar. Más adelante comprendí que esto quizá fuera otro símbolo más de la vida misma...
¡Tantas cosas a tu alcance... pero míralas nada más, porque no se tocan!
Después de la misa y de haber dejado en depósito las palmas, palmones y laureles en la capilla del Santísimo, no sin haber robado algunas cuentas del rosario, siempre teniendo cuidado para que no me pillaran, la gente se dispersaba y para nosotros empezaba un buen rato de asueto en los columpios de la plaza, mientras los mayores bailaban sardanas. Esto era antes de mi época de los tebeos y Jaume y yo disfrutábamos como bestias pardas bajando por el tobogán y ensuciando nuestros primaverales atuendos con el polvo del suelo, para deshonra y oprobio cuando las mamás respectivas nos miraban como si fuésemos criminales de guerra...
Y luego, la comida, festiva, a veces prolongada casi como una comida navideña o pascual... y de nuevo los juegos con Jaume en el columpio de mi casa o en la suya, con aquél patinete que le había hecho su padre con unas tablas y unas ruedecillas que armaban un ruido que destrozaba los tímpanos... aunque entonces no éramos conscientes de que teníamos tímpanos... ni nada...
Arare despierta de su ensueño y contempla su mar...
Besos bendecidos ;),